Japón con mi hermana fue #ElViajeDeMiVida - Romina Sacre
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Japón con mi hermana fue #ElViajeDeMiVida

Mi sueño era ir a Japón con mi hermana Renata y se nos cumplió. Fue en el 2007 pero a pesar de que han pasado muchos años lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Es viaje me cambió. Fue el viaje de mi vida.

Fueron 19 horas para llegar a Tokio y me acuerdo que mientras íbamos en el avión, cada minuto que faltaba para aterrizar nos emocionábamos más.  “¡Estamos en Japón!”, me decía mi hermana. Del aeropuerto hacia el hotel, no nos dirigimos la palabra, sólo veíamos la ciudad por la ventana.

Al llegar a nuestro hotel (nos hospedamos en el Okura) la señorita nos saludó muy amablemente, con sus palmas juntas y reclinándose hacia delante. Mi hermana y yo nos volteamos a ver porque no sabíamos qué hacer y le devolvimos el saludo.

Salimos a caminar a la calle en busca de comida y todo nos causaba emoción: Los gráficos, los signos en la calle, lo limpio que está la ciudad, que si quieres fumar tienes que irte a una zona específica… Todos son muy educados y ultra cool. ¡Le tomamos como 10 fotos a las máquinas de refrescos! Ahora entiendo el porqué cuando los asiáticos van a Estados Unidos le toman foto a todo, en serio sí es otro mundo.

Visitamos el templo de Sensō-ji, el Palacio Imperial, los jardines de Shinkjuku Gyoen, cruzamos Shibuya, entré a una tienda donde vendían un millón de cosas de Hello Kitty, vimos lo increíble que se visten las japonesas en Harajuku y comimos comida típica (que debo aceptar que sí me costo un poco de trabajo porque soy medio quisquillosa con la comida).

Fuimos a Nara, entramos al templo que está de impacto, con un Buddha que mide 15 metros y tan solo su mano es del tamaño de una persona. Sí sientes cómo cambia la energía cuando entras a los templos. A la salida, hay un parque lleno de venados intensos que sólo quieren que les des de comer. Yo no traía comida pero vi cómo un niño estaba molestando a un venadito bebé y de la nada (en serio no sé en qué momento pasó) la mamá venado se le dejó ir con todo al escuincle. Táchenme de maldita pero me dio mucha risa. Eso se saca, por no respetar a los animales.

Me hubiera gustado quedarme más tiempo en Kyoto y realmente explorarlo. Me quedé con ganas de andar en bicicleta por la ciudad. Obvio no pudimos perdernos el templo de Kinkakuji o el Pabellón dorado, que parece de esos fondos donde te ibas a tomar la foto del pasaporte. ¡Es impactante! Una noche decidimos (decidí fue mi idea) a ver un espectáculo donde bailaban las Geishas (no reales) y hacían otras tradiciones japonesas. ¡JAMÁS VAYAN! ¡Fue el tourist trap más chafa de la historia! Yo estuve a dos de salirme por el ataque de risa que me dio al ver uno de sus actos: Arreglo floral. Y entonces salían dos japonecitas poniendo flores en un florero. ¡Y YA! Lo único bueno de esa tomada de pelo fue un show que dieron de Teatro Kazuki, que son marionetas japonesas.

Tardé en digerir mi visita a Japón pero regresé más unida con mi hermana porque tuvimos mucho tiempo para convivir y platicar. Además de que viajar con Renata es lo más divertido porque nos gusta hacer las mismas cosas y vamos al mismo ritmo, que es súper importante cuando viajas con alguien. Nunca se me va a olvidar esa platica intensa que tuvimos mientras cenábamos Teppanyaki. Hasta el cocinero, que obvio no hablaba español, se nos quedaba viendo con cara de: “¿Y estas de que tanto platicarán?”.

Viajar es la mejor forma de gastar tu dinero porque nunca regresas igual a tu casa, es invertir en experiencias y en memorias que se van a quedar para toda la vida. Es por eso que Japón fue #ElViajeDeMiVida. Bien dice mi papá que los mexicanos somos bien pata de perro porque agarramos nuestras maletas y nos vamos a donde sea. ¡Y tiene razón!

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