Bienestar

Mi primer gran amor

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La comida y yo éramos una misma.

En ese entonces cada fin de semana íbamos a la Liga Maya de béisbol a ver a mi hermano jugar. Él era el centro de atracción. No había cosa que hiciera más feliz a mi papá que ir a “la Maya” para ver jugar a mi hermano. Yo era un satélite, iba y venía a donde me llevaran.

En la Maya tuve mi primer gran amor: la comida. El niño que me gustaba, por quien sufrí y lloré durante varios años, no me pelaba (y nunca me peló). La comida se convirtió en el acompañante perfecto para las largas jornadas durante sábados y domingos, sin considerar las dos veces por semana que acompañaba a mi padre y a mi hermano para su entrenamiento. Mi amor: la comida, no me hacía llorar, no me rompía el corazón, no me hacía esperar, no me dejaba plantada. La comida me era fiel, solo me hacía sentir bien y me apapachaba cada vez que era necesario. ¡Teníamos una relación perfecta!

Juanito ―el que despachaba en la tienda― era mi gran cuate, hasta mis penas le contaba y él muy atento me escuchaba y me aconsejaba. Preparaba unos cacahuates japoneses deliciosos con Valentina, chamoy y Miguelito. Los servía en un vaso de plástico y me los comía a cucharadas. No podían faltar las donas y trenzas Patylu, las paletas heladas de vainilla cubiertas de chocolate y las Maruchan. En la cafetería de la Maya yo tenía cuenta abierta, así que no necesitaba dinero para pagar cada botanita. Al cierre de la semana le daban la cuenta a mi papá quien ponía el grito en el cielo todos los domingos al tener que sacar sus billetitos para liquidar mis “amoríos”.

Los sábados después del juego de béisbol, casi siempre, íbamos a comer a Arby’s. Hacían una malteada de oreo espectacular. Mis papás y mi hermano, empalagados, dejaban la mitad. Y yo pensaba “¿cómo se va a desperdiciar eso?”, por lo que acto seguido succionaba mi malteada hasta el final y los restos de las otras tres. Recién habían abierto el Costco (antes Price Club, ¿se acuerdan?). Íbamos cada semana a hacer compritas y yo llenaba el carrito de pastelitos Marinela, galletas de Chocochips, helados, tacos congelados, leche Borden de chocolate y dulces varios. Esto era mi reserva para el escondite que tenía en mi cuarto a modo de comer todas las tardes mientras veía la tele.

Cuando decidí ponerme a dieta con la nutrióloga cambié el tipo de alimentos que consumía por toneladas de fruta con miel y granola. Tenía hambre, mucha hambre. Era incontrolable. Tenía que estar comiendo todo el tiempo. Estaba tapando mi soledad y desatención con comida. En la Maya me apodaron “la frutana” y en la escuela “albóndiga con patas”. Tenía 13 años.

Cada vez que mi papá me observaba decía “Vas a tener que trabajar las piernas toda tu vida. Las tienes como mi mamá”. Cabe mencionar que mi abuelita tenía unas piernas de trompo de pastor: listas para hacer un buen taco. De una semana a otra la ropa ya no me quedaba; tenía que acostarme en la cama para que me cerraran los pantalones. Al sentarme se me botaba la panza y me la pasaba jalando las playeras para que se holgaran. El colmo fue cuando empecé a usar las camisas de mi papá para que nada me quedara pegado. Él era un hombre de dos metros de estatura, así que me quedaban re-bien sus camisas: como carpas de circo, además de que me amarraba sudaderas en donde en teoría estaba la cintura.

Una y otra y otra y otra vez me saboteaba. Quería adelgazar, pero en el fondo no quería. La comida era mi ancla, mi amiga, mi confidente. Al tiempo entendí que de nada sirve ponerte a dieta si por dentro tienes un hueco enorme que no sabes cómo cubrir, y un miedo y una angustia terribles a dejar de comer. No me atrevía a abandonar a mi gran amor. Mi calvario empezaba y seguiría durante muchos años. En la escuela todas se pusieron a dieta hasta el punto de la anorexia. Íbamos a cumplir 15 años. Venía la época de fiestas cada fin de semana y me quería poner chula de bonita.

Por lo pronto decidí dejar de ir a la Maya y nunca más me volví a parar ahí.

Alejandra Rubiralta

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